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OTRAS TARDES

Fátima Rodrigo

 

En una trayectoria de transmutaciones, los clichés visuales del modernismo tardío se convirtieron  en esculturas flotantes, escenografías tridimensionales y backgrounds de baladas en espectáculos televisados. La transformación física no fue la única, Adorno se quejaría también del desliz de alta a baja cultura; y Greenberg señalaría que pasaron de compartir con el teatro la limitación de la “forma cuadrada de la imagen”, a la síntesis total de sus características. La abstracción minimalista y su reputada austeridad, devenida tridimensionalidad melodramática habitada por ídolos de la canción, repartida en millones de hogares a través de la pantalla (medio curva) de la tele.

 

En este dramático reajuste, Fátima Rodrigo observa las formas detrás de Raffaella Carrá, José José y sus colegas, reconoce las influencias y las transfigura de nuevo: ahora en dibujos, sin figuras humanas y devueltos a su hábitat original en el cubo blanco. Esta última encarnación, es una de expresividad concentrada, destilada en pequeñas dosis de modernismo duro y básico. Básico en el sentido de la tabla periódica, los componentes visuales del color field y la abstracción post-pictórica presentes como meros símbolos de algo más.

 

Esta forma sintética y la distancia temporal, enrarecen el sentido de estos símbolos y los discursos que en su momento irradiaron. Con la narrativa original ahora ilegible (lenguaje modernista importado = progreso), estas formas adquieren un carácter esotérico en las obras de Rodrigo. Si en décadas pasadas modelaron los escenarios donde la aspiracionalidad latinoamericana se performatizaba, esta re-inserción en el ámbito-arte explora los aspectos formales que se lo permitieron: la estética flexible que los hizo susceptibles a la estandarización (la característica fundamental de la música popular, según Adorno). ‘Otras Tardes’ indaga los restos al final de esta trayectoria.

 

 

Gaby Cepeda

Julio, 2015.

 

Fátima Rodrigo: Otras tardes

 

 

“Otras tardes” de Fátima Rodrigo toma como punto de partida las escenografías para TV de los y las baladistas de Hispanoamérica de los setenta, convertidos en motivos para una serie de dibujos y una instalación.

 

La artista somete estos escenarios a algún grado de síntesis. Busca así resaltar sus elementos estructurales, identificando patrones visuales y fórmulas compositivas.

 

Estos aspectos de diseño dan cuenta de las raíces estéticas de estas escenografías, haciendo evidentes las conexiones entre estas formas empleadas para la música popular producidas por los medios de comunicación masivos y el arte moderno.

 

Las imágenes de Rodrigo hablan de la traducción de los lenguajes de distintas líneas de la abstracción del siglo XX a los códigos de los medios de masas. Las referencias van desde el Orfismo (10s), la abstracción lírica (40s), la pintura “Color Field” (40s – 50s), la “Hard Edge” ( 50s – 60s) y la abstracción post-pictórica (60s).

 

La simplicidad técnica de los dibujos (hechos a lápiz) sugiere un comentario sobre las implícitas pretensiones de producción de sus referentes. En otras palabras, el aspecto marcadamente artesanal del trabajo acusa la percepción actual del universo musical-televisivo de los setentas. Hoy por hoy, las escenografías, puestas en escena y efectos especiales de aquellos videos musicales nos resultan burdos.

 

La instalación recrea una parte de una escenografía de Raffaella Carrà, a escala uno en uno, que incluye una franja que se extiende desde el elemento escultórico hasta el piso, o viceversa. Así conecta esa forma abstracta con el entorno. Al hacerlo, Rodrigo contraviene la apuesta de la escultura abstracta por remarcar su diferencia con el entorno. Si el pedestal materializaba la separación de la escultura moderna del mundo cotidiano, este elemento escultórico busca esa conexión, dando cuenta de la dislocación de los preceptos del arte abstracto en su reconversión por la industria musical y televisiva.

 

Asimismo, estando ubicada a una pequeña distancia de la pared, podemos ver cómo está hecha la pieza (cortes de MDF atornillados y pintados). Este recurso enfatiza el carácter de utilería de este objeto, de cara a la solemnidad que caracterizaba la noción de “obra” en el modernismo.

 

Pese a la brecha entre lo melódico y narrativo de esas baladas (y su sensiblería cursi) y lo radicalmente no-representacional y no-narrativo de la abstracción (y su severidad ascética), las formas abstractas parecen transitar sin fricciones entre ambos ámbitos.

 

Las imágenes bidimensionales antes que remitir al modelo del lienzo y al énfasis en la superficie que caracterizó la búsqueda de la especificidad del medio en la pintura moderna, remiten a la pantalla. Pero no del televisor. El pequeño formato de estas piezas responde al tamaño video de YouTube, el único acercamiento que tiene la artista (nacida en 1987) a esas imágenes.

 

Lo que Fátima Rodrigo ve es un extraño proceso de armónica asimilación y transformación de referentes culturales presuntamente contrapuestos. Sus escenografías—sin cantantes, sin público, sin espectáculo y sin retransmisión televisada—remiten estas formas a sus orígenes extraviados irremediablemente en sus sucesivas traducciones sociales, culturales, tecnológicas y estéticas.

 

 

Max Hernandez-Calvo

Diario El Comercio

Lima, Julio 8 2015