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Pamela Arce: Body moves

 

 

“Body Moves” de Pamela Arce (algo así como “el cuerpo se mueve” o “movimientos del cuerpo”) presenta una serie de estructuras ligeras, a escalas grandes y pequeñas, que abordan el movimiento como trayectoria, agilidad y lapso de tiempo.

 

Dos delgados fierros anclados en el piso que se curvan suavemente y se alzan unos 3 metros, forman la pieza principal. En la parte superior de cada fierro se ha instalado un sistema de pequeños motores que sostienen sendas varillas cerámicas. Cada equipo gira en dos direcciones y están ambos conectados a un Arduino—un microcontrolador—conectado a una computadora que dirige su movimiento.

 

La doble rotación de cada varilla da lugar a una peculiar “coreografía” que hace pensar en una errática lucha de espadachines, donde las “espadas” se rondan, se rodean, se persiguen y se tocan, provocando un tenue sonido que retumba brevemente por la galería. Pero la suavidad de estos movimientos evoca menos un duelo que un cortejo extraño. En cierto modo, las varillas cerámicas extienden el recorrido de las estructuras de fierro que las sostienen y actúan el movimiento insinuado en dichas formas: ya no una línea curva fija en el espacio, sino el trazado de formas abstractas en el aire que queda registrado en la memoria.

 

Una serie de pequeñas y delicadas piezas de cerámica ha sido distribuida en distintos puntos de la galería (sobre el suelo, en la escalera, en un friso): delgadas cintas que se curvan, ondulan, se tuercen, se pliegan, se intersectan, etc., apoyadas contra las paredes, el suelo y sobre una estructura de plexiglás transparente. Estas piezas operan como apuntes de movimiento o como notaciones coreográficas en tercera dimensión

 

Una proyección de video, donde el proyector está sostenido por un fierro que atraviesa una pared de la galería, muestra personas desplazándose contra el viento: el movimiento como relación de fuerzas, como tensión y resistencia.

 

En “Body moves”, Pamela Arce evidencia una sofisticación conceptual cada vez mayor.

 

Aunque tengo por regla escribir sobre muestras en cartelera, creo importante escribir sobre esta muestra que ya ha sido desmontada, porque es la última exposición de Garúa como galería con programación regular. Ahora pasará a otro tipo de actividad cultural, no centrada en las exposiciones, aunque programen algunas ocasionalmente.

 

En 18 meses y sin mayor financiamiento para su programación, Garúa logró convertirse en uno de los espacios más interesantes de la escena artística local, apostando por un trabajo contemporáneo, experimental y muchas veces difícil. Además, buscando generar un intercambio basado en la colegialidad, algo que, en nuestro medio—acaso demasiado paranoide y narcisista—aún no logra afianzarse. Felicitaciones a Pablo Hare y María Balarin por el magnífico trabajo.

 

 

 

Max Hernández Calvo

Diario El Comercio

Septiembre 2016